Un hombre estaba sentado pescando en la orilla del río cuando, por el rabillo del ojo, notó movimiento en la orilla. Miró a su alrededor y se sorprendió al ver que un osezno se había acercado a la orilla del agua y estaba esperando, como pidiendo algo de pescado, que para entonces el pescador ya tenía. El hombre no se dejó llevar por la codicia y arrojó uno de los peces que había en la playa al animal. Pero el osezno no se lo comió inmediatamente, sino que lo cogió con cuidado y se lo llevó al bosque.

Más tarde, el hombre recordó los detalles de la historia. Fue directamente al río poco profundo y se puso a pescar con mosca. Aquel día la picada era excelente y en pocas horas Gleb metió en un cubo tres truchas y un tímalo de gran peso.
En su excitación, el pescador no vio inmediatamente al osezno que se le acercaba. Cuando se dio cuenta, comprendió que el animal estaba hambriento. El hombre arrojó un tímalo entero al habitante del bosque, pero éste no se lo comió, sólo asintió con la cabeza y se llevó el pescado al bosque.

Lo más interesante es que, al cabo de un rato, el osezno volvió y empezó a pedir pescado de nuevo. El pescador se preguntó adónde se llevaba el animal el pescado. El hombre le dio el pescado, pero esta vez decidió seguir al animal. En un claro en medio de un denso bosque vio a un osezno tumbado tranquilamente.

El oso recibió tranquilamente al hombre, pero el propio pescador comprendió que dos o tres peces no serían suficientes para el gran animal. Así que se lo pensó un rato, le llevó toda la captura y se marchó tranquilamente.
Al día siguiente, la osa y su osezno abandonaron el claro. Parece que el pescado le ayudó a reponer fuerzas.