Era una tarde cualquiera: el metro bullía. Yo estaba sentado junto a la ventana.
En la siguiente estación, las puertas se abrieron y un niño de unos diez años subió al vagón. Parecía recién salido de la escuela: pelo despeinado, pantalones cortos arrugados y un zapato gastado en la mano. Pero lo más importante, iba descalzo. En un pie, llevaba un calcetín fino a rayas. Se sentó en un asiento vacío entre dos pasajeros e intentó no llamar la atención.
Sin embargo, la gente a su alrededor lo notó. Algunos apartaron bruscamente la vista de sus teléfonos, otros lo evaluaron con la mirada y luego fingieron estar absortos en sus pensamientos. Pero el hombre sentado a la derecha del niño parecía diferente. Vestía ropa de trabajo: vaqueros manchados de pintura, una chaqueta gruesa y botas pesadas. Su mirada volvía una y otra vez a los pies descalzos del niño, luego a su mochila que yacía a sus pies. Estaba pensando.
“Escucha. Acabo de comprarle unas zapatillas a mi hijo. Pero se las arreglará sin ellas. Tiene un par que todavía está en buen estado. Y probablemente ya no las necesites.”
Sacó una caja de su bolso. Abrió la tapa. Dentro había: zapatillas azules nuevas, con la etiqueta.
El niño se quedó mirando como si no entendiera. Primero las zapatillas, luego el hombre, luego las zapatillas de nuevo. Las cogió, se las probó con cuidado… Y le quedaron perfectas.
Levantó la cabeza, con una tímida sonrisa dibujada en sus labios. Dijo casi en voz baja:
“Gracias”.
El hombre se encogió de hombros, como si nada.
“Dáselo a alguien más. Cuando puedas”.
El chico se bajó en la siguiente estación. Estaba más encorvado, ya con sus zapatillas nuevas, y con algo invisible, pero que calienta más que cualquier zapato: fe en la humanidad.


