Mi padre falleció cuando yo tenía solo 5 años. Era todo para mí, pero su partida dejó un vacío en mi vida que nada pudo llenar.

Unos meses después, mi madre conoció a otro hombre. Su nuevo marido era cruel e insoportable. Recuerdo sus insultos, sus burlas. Aquellos días terribles no tenían fin, cuando cada mirada malvada, cada tarea doméstica sin terminar, se convertía en motivo de ira.
Por desgracia, mi madre siempre estuvo del lado de mi padrastro. Cuando terminé la escuela, lo único en lo que pensaba era en cómo escapar de esa casa.

Luego me matriculé en una escuela técnica en mi ciudad natal. Durante el internado, al menos pude sentir algo de libertad. Trabajé, estudié, luché por mi lugar en este mundo.
Y entonces, un día, el día de mi cumpleaños, mi madre me llamó. Me invitó a cenar y me dijo que tenía una sorpresa para mí. Pero en lugar de celebrar, me dio unos papeles.
“Firma”, me pidió. Era un documento que confirmaba que mi padre me había dejado la casa. Querían que se la transfiriera a mi padrastro.

Un sentimiento de justicia y dolor por todos esos años de humillación brotó en mí. Simplemente los eché de casa.
Ahora estoy reconstruyendo mi vida, reconstruyendo todo lo perdido.