Regresó… después de 27 años.
¿Y yo? Ya no era aquella niña ingenua que creía en cuentos de hadas.
No era la que él había dejado de la noche a la mañana.
Me había convertido en mujer. En madre. Y aún llevaba las marcas de su ausencia. Pero ese día, reapareció.

Cafetería del centro, jueves, 17:22.
Lo vi acercarse. Los mismos ojos. Los mismos gestos. Como si nunca se hubiera ido.
Solo que me quedé.
— “¿Laura?”
— “Llegas tarde. Veintisiete años tarde.”
Un silencio. Una media sonrisa avergonzada.
Se sienta, sin que yo me ofreciera.
— “Lo sé… Fui un cobarde. Pero quiero compensarlo. Volví por ti. Por ti. Y por Leo.”
Agarro mi taza, el calor me quema los dedos.
— “¿Te refieres al hijo que nunca quisiste ver? ¿El que te esperaba en cada cumpleaños?”
Baja la mirada.
— “Pensé que me habías olvidado.”
Me río. Una risa seca.
— “¿Yo? ¿Olvidarte?” Parece que sigues viviendo en un cuento de hadas.

Busca las palabras.
—”Estoy enfermo, Laura. Muy enfermo. Y solo quiero… decir la verdad antes de que sea demasiado tarde.”
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
—”¿Quieres una escena de redención? ¿Lágrimas, un reencuentro? ¿De verdad crees que funciona como en las películas?”
Desliza un sobre sobre la mesa. Amarillento, con las esquinas dobladas.
—”Quería enviártelo. Nunca tuve el valor. Deberías leerlo.”
Tomo el sobre, dudo… luego lo meto en mi bolso.
Me levanto.
—”¿Quieres saber cuál es la verdadera sorpresa?”
—”¿Qué?”
Lo miro directamente a los ojos.
—”Leo… ya te conoce. Lo sabe. Desde hace dos años. Y me pidió que nunca te lo dijera.”
Pálido.
—”¿Qué quieres decir?” »
— “¿Quieres hacer las paces? Es demasiado tarde. Él no quiere nada de ti. Y yo tampoco.”
Me doy la vuelta… y añado antes de salir por la puerta:
— “¿Querías la verdad? Aquí tienes una: no soy la más ingenua de aquí.”

A veces el final de una historia… no termina con un beso. Sino con una decisión.